Entrevista exclusiva a un empleado de las Pompes Funèbres Générales de Ginebra
Querido Alberto, el tema de este número de nuestra revista parroquial es «Vida-muerte-resurrección». Pensamos en pedirle a alguien que trabaje en los servicios funerarios que nos hablara de su experiencia en torno a este tema. Eres asesor funerario en las Pompes Funèbres Générales desde hace 22 años; da la casualidad de que vives en la parroquia y que tus dos hijas confirmaron los votos de su bautismo en el Temple de Chêne en los últimos años.
¿Te habías inclinado desde siempre por esta profesión?
Para nada. Tengo formación comercial y comencé mi vida profesional en el sector bancario.
¿Cuál fue el detonante?
Perdí a mi madre a los 20 años; llevaba ya unos días en una especie de coma y, justo el día de mi cumpleaños, abrió los ojos, me deseó un feliz cumpleaños y luego se marchó. Fue un hermoso regalo de despedida. En aquel entonces, fue mi padre quien se encargó de hacer los trámites con la funeraria.
Mi padre la siguió seis años más tarde. Estaba hospitalizado, pero iba a salir para pasar la Nochebuena con mi esposa y conmigo. Todo estaba previsto y organizado; él estaba muy ilusionado y nosotros también. Se marchó a cuatro días de la Navidad. Fue trágico.
Al ser hijo único, esta vez me tocó a mí ir a la funeraria.
Fui a las Pompes Funèbres Générales en Carouge. Como es de esperar en esas circunstancias, estaba destrozado. Sin embargo, la entrevista fue tan bien llevada por el asesor funerario que salí de allí aliviado y en paz. Ese mismo día le dije a mi esposa: «Esta es una profesión que podría llegar a plantearme». Siete años después, surgió la oportunidad. Al presentar mi candidatura, la verdad es que no tenía muchas esperanzas. Me aceptaron y hoy, 22 años después, no cambiaría mi trabajo por nada del mundo.
¿No es demasiado duro enfrentarse a la muerte a diario?
Es verdad que me encuentro con familias en un momento muy doloroso de sus vidas, pero todo el reto para mí consiste en saber acogerlas, escucharlas en su tragedia, acompañarlas y reconfortarlas. El encuentro humano, con una atención absoluta hacia el otro en ese instante, devuelve un hilo de vida donde ya no queda nada. Es como si se produjera un momento suspendido en el tiempo. El hecho de que las familias se vayan con la sensación de haber sido escuchadas y aliviadas es mi mejor recompensa. Cada familia es un mundo, siempre hacemos lo mejor posible para acompañarlas en esos momentos, pero incluso después de 22 años sigo sintiendo que solo domino el 80% y que me queda un 20% por perfeccionar. Donde este oficio es realmente importante es en los detalles, principalmente cuando toca ejercer de maestro de ceremonias, aportando presencia, discreción y acompañamiento.
¿Qué te ayuda a mantenerte firme?
Mi «pilar», que es mi maravillosa esposa. Comparte mi vida desde hace 37 años. Siempre está dispuesta a escucharme y me apoya pase lo que pase; me ayuda a soltar la carga más difícil, sin que yo le revele, por supuesto, nada que forme parte del secreto profesional.
Y también están los momentos de balance y desahogo en equipo.
¿La fe?
Nunca está lejos.
¿Qué es lo más bonito de tu profesión?
El encuentro humano y el alivio que puedo aportar a una familia.
Entrevista realizada por Michel Schach ■
Para quienes estén interesados en el tema de los asesores funerarios, recomendamos la película «Violines en el cielo» (Departures), Japón 2008. Cuenta la historia de un violonchelista que se queda sin empleo tras la disolución de su orquesta y busca trabajo. De pronto, se topa con un anuncio clasificado que ofrece un puesto en una «agencia de viajes».

